Hace poco más de cinco años llegó a mis manos un libro de portada naranja, llamando automáticamente mi atención. Me encontré ante la presencia de “El futbol a sol y sombra” de Eduardo Galeano, representación exquisita de una literatura futbolística envidiable. Galeano fue el escritor que enseñó a leer el fútbol.

No es la intención analizar a Galeano ni como escritor ni como activista político. El Galeano que yo leo es aquel personaje uruguayo hincha del fútbol y propagador de ese sentimiento que solo el “rey de los deportes” puede despertar en las masas: el amor incontrolable.

Galeano no solamente escribía, sino que vivía el fútbol. La pasión y la pluma se unían para escudriñar todos los elementos propios de un partido, y también aquellos que muchas veces pasan desapercibidos, aunque nunca para sus ojos. El reparaba en detalles que nadie más notaba. Se valía de la lírica y la poesía para transmitir al lector aquello que nadie más comprendía.

Sus expresiones siempre fueron directas, le imprimía a cada frase su esencia, su propia carga emocional. Alababa y criticaba con la misma intensidad, siempre escribió sin miedo. De manera simple entendió aquello que muchos otros se pasan toda la vida “tratando de entender”, y dijo “El fútbol es la única religión que no tiene ateos”. El uruguayo lo entendió todo.

Hincha confeso de Nacional de Montevideo, pero sobretodo hincha del fútbol, de ese fútbol lleno de arte y de esencia. “Yo no soy más que un mendigo de buen fútbol. Voy por el mundo sombrero en mano, y en los estadios suplico: -Una linda jugadita, por amor de Dios.”

Hoy, pocos días después de su muerte, todos los hinchas del fútbol y de la literatura agradecemos sus obras, sus escritos y sus frases. Nos queda toda su magia, todo su amor incondicional por el fútbol, todas sus ganas de admirar jugadores y jugadas. Trascender y quedarse con nosotros a través del gol.

“Y cuando el buen fútbol ocurre, agradezco el milagro sin que me importe un rábano cuál es el club o el país que me lo ofrece.”

“Por suerte todavía aparece en las canchas, aunque sea muy de vez en cuando, algún descarado cara sucia que se sale del libreto y comete el disparate de gambetear a todo el equipo rival, y al juez, y al público de las tribunas, por el puro goce del cuerpo que se lanza a la prohibida aventura de la libertad.”

“Jugar sin hinchada es como bailar sin música”

“En su vida, un hombre puede cambiar de mujer, de partido político o de religión, pero no puede cambiar de equipo de fútbol.”

Gracias Galeano,

“Ganamos, perdimos, igual nos divertimos.”

 

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Por: Ab. Sylvia Meneses Echeverría
Máster Internacional en Gestión y Marketing Deportivo
Twitter: @pilumeneses