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Fuente: CLARÍN

En la entrada a la enorme construcción hay un cartel destacado: “7.000.000 de horas hombre sin un accidente”. A los qataríes les importa que nadie crea que edifican sus estadios para la Copa del Mundo explotando la mano de obra, compuesta totalmente por extranjeros. Ahora hay 3.200 obreros trabajando para levantar el impresionante estadio de Lusail, que recibirá 80.000 espectadores en el partido inaugural y otro tanto en la final de Qatar 2022, que se jugará exactamente en cuatro años, el 18 de diciembre de ese año. Llegarán a ser 8.000 trabajadores cuando las tareas se complejicen: por ahora se trata de sentar las bases de acero y hormigón y las ocho grúas de 74 metros de altura hacen la mayor parte del trabajo pesado.

Tamim El Abed, palestino, ciudadano británico, residente en Doha y project manager de la construcción, explica: “Todos los trabajadores están bajo las normativas laborales que rigen en Qatar. Trabajan ocho horas al día según su salario fijo y pueden hacer otras dos más como extra. Cuando las temperaturas son muy altas, se hacen pausas y se los lleva a un sitio más fresco para evitar golpes de calor”. Todas condiciones que Gerardo Martínez, el mandamás de la Uocra, aprobaría sin dudas. La cuestión es que acá Gerardo Martínez no existiría, porque no existen los sindicatos.

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El diseño final del estadio fue presentado este sábado en una ceremonia presidida por el emir de Qatar, Tamin bin Hamad Al Zani, y por el secretario general de Qatar 2022, Hassan al Zawadi. "Quisimos traducir el espíritu qatarí al fútbol. Será una oportunidad para el mundo árabe para unirse en un Mundial que refleje la realidad de nuestra región y nos lleve por el buen camino", dijo Al Zawadi en la cena de gala, realizada en una inmensa carpa rodeada de tremendas medidas de seguridad por la presencia del emir, el monarca absoluto del país, un hombre de 38 años heredero de una familia que lleva casi 200 años al frente de esta pequeña península desértica de Medio Oriente.

El Lusail, que estará listo en 2020, tiene varias características llamativas. Su diseño exterior, realizado por el estudio del arquitecto inglés Norman Foster, está inspirado en los antiguos artesanos qataríes y sus faroles tradicionales, llamados fanar. Tiene forma de cuenco y color cobre. El juego de luces y sombras que genera es muy utilizado en museos y galerías de arte árabes. Tendrá 80 metros de altura (9 pisos, de los que ya hay 5 construidos), conectividad absoluta y aire acondicionado: un sistema de refrigeración especial permitirá, pese a ser un estadio descubierto, que los partidos se disputen a 26 grados en el césped y 24 en las tribunas (el calor fue uno de los grandes temores al conceder la sede a Qatar, pero lo cierto es que en esta época del año, fin del otoño para ellos, no hace más de 25 grados).

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La construcción está a cargo de las compañías HBK y China Railway y en ella se usarán 80.000 metros cúbicos de concreto y 30 toneladas de acero. Para que los 80.000 espectadores (lo máximo que permitió FIFA, aunque habrá lugar para 92.000) vean bien, se tuvo en cuenta que debe haber entre 24 y 36 centímetros de diferencia entre los ojos de una persona y la que está sentada más arriba.

Pero hay otras dos cosas que hacen a esta cancha más especial que ninguna. La primera es que después del Mundial dejará de ser un estadio deportivo. Situado a 15 kilómetros de Doha y conectado por autopistas y un tren sin conductores humanos, el Lusail pasará a ser un espacio comunitario que incluirá colegios, negocios, cafés y hospitales. Los 80.000 asientos se desmontarán y donarán. Al menos, esa es la idea.

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La nueva ciudad (llamada así por una planta que crece en la zona) podría alojar a 270.000 residentes y contará con 35 hoteles, cuatro hospitales, 37 centros de salud, escuelas, mezquitas, centros deportivos, centros comerciales y lugares de entretenimiento. También tendrá un puerto con 1.200 plazas y un campo de golf. El 55% del uso será residencial, el 24% para huéspedes, el 16% para oficinas y el 5% para ocio.

Hoy está a medio hacer, con decenas de edificios vacíos que le dan al lugar un aura de pueblo fantasma. Pero da la pauta de lo que es este país, donde hay mucha plata, poca gente y los golpes de efecto hacia el mundo son esenciales para su política exterior.

Quedan cuatro años para el Mundial. Acá, en Qatar, parece que fuera pasado mañana.