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Fuente: StudioFútbol

El fútbol es un negocio. Eso es indiscutible y lo demuestran tanto las redes de apuestas y corrupción que han manchado el juego como las cantidades exhorbitantes de sueldos y pases que giran en torno de cada estrella del césped.

Perder la esencia en medio de tanta opulencia es común y está prácticamente excusado por la sociedad, que justifica las actitudes -a veces anti fútbol- porque el talento «da ese derecho».

Pero como todo negocio, así como mucho en la vida, tiene sus extremos. Y nada en extremo es bueno.

Dejando de lado ese mundo que parece sólo pertenecerle a las grandes ligas, a las que nos sentimos cercanos por las redes sociales y la eficiencia de los medios digitales y televisivos, es necesario situarnos en la realidad nuestra y hablar de los extremos.

Tenemos una TRI que parece caminar hacia otro mundial, un campeonato nacional cuyo líder ha hecho un trabajo excepcional y equipos que -entre auditorías y falta de popularidad- van dando pelea. En medio de todo está el Deportivo Quito.

Los jugadores del AKD y su técnico han dado una de las lecciones de compromiso más importante en la historia del fútbol ecuatoriano. Recordemos que ser jugador es además de un oficio, un trabajo.

Por ende, existen familias y realidades humanas que dependen directamente de aquellos que han estado saltando a la cancha por amor a la camiseta, por vocación y pese a la necesidad.

Valdano decía «Todo equipo que trata bien el balón, trata bien al espectador» y el AKD nos ha tratado más que bien. Merecen, no sólo que su situación económica e institucional mejoren, sino también el más alto reconocimiento a la vocación futbolera que parece extinta en tiempos de dinero.

Ahora resulta extraño que 1 jugador salte a la cancha con los bolsillos vacíos por casi 4 meses y Ecuador tiene a más de 11, tiene a un equipo completo. Ese que juega en medio de la necesidad y pone su cara para la hinchada, sin olvidar la cara de los suyos.

Si bien la realidad del Deportivo Quito responde exclusivamente a decisiones -buenas y malas- de sus dirigentes, lo menos que puede hacer todo amante del fútbol es reconocer la grandeza de una esencia que el AKD no ha perdido y que Insua ha sabido sostener. Ellos oxigenan el fútbol en tiempos de cólera.

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